“La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que -felizmente- la gente las echa en el olvido.”, afirma el protagonista de la novela El Túnel, de Ernesto Sábato. En “Grandes Avances de la Humanidad” (2018), el escritor sueco Johan Norberg da cuenta de estas palabras. De acuerdo a Norberg, la exposición permanente a noticias acerca de crímenes, guerras, desastres naturales y hambrunas nos llevan a creer que la humanidad es más miserable y se encuentra en mayor riesgo que nunca, pero la gran historia de nuestra era es que somos testigos de la mayor mejora de los niveles de vida globales que jamás se haya producido. Siguiendo el libro de Norberg, repasaremos brevemente los principales triunfos que la humanidad ha conseguido en la historia reciente.

Alimentación

Hasta hace relativamente poco, la hambruna era un fenómeno universal y regular. Francia, uno de los países más ricos del mundo, experimentó alrededor de 80 grandes hambrunas nacionales y varios cientos de hambrunas locales entre el siglo XI y el siglo XVIII. Entre 1695 y 1697, cerca de un tercio de la población de Finlandia murió de inanición. Incluso en condiciones normales, la alimentación era deficiente y costosa. A fines del siglo XVIII, una familia típica francesa gastaba la mitad de sus ingresos en granos; y, aun a principios del siglo XIX, un elevado porcentaje de la población inglesa estaba condenada a la mendicidad, ya que no contaba con suficiente energía como para trabajar.

En 1779, Malthus concluyó que la humanidad sufriría por siempre de inanición, debido a que la producción tendía a crecer exponencialmente, pero la producción de alimento crecía de forma lineal. Afortunadamente, estaba equivocado. Al obtener derechos de propiedad, los agricultores se vieron incentivados a producir más. La apertura comercial indujo a que cada región se especializara en el cultivo más adecuado a su entorno, y el desarrollo tecnológico propició un incremento notable de la productividad agrícola. En paralelo al aumento de la producción, la tasa de fertilidad caía a medida que la riqueza y el nivel educativo de la población crecían. La conjunción de estos factores refutó la hipótesis de Malthus.

La situación de los países en vías de desarrollo seguía siendo dramática hacia mediados del siglo XX, pero se han dado avances significativos desde entonces. Debido a los incrementos de la productividad agrícola ligados a la Revolución Verde y a la acelerada caída de la fertilidad en estos países, la desnutrición se ha reducido notablemente. Mientras que en 1950 alcanzaba al 50% de la población mundial, en la actualidad aflige a poco más del 10% de la población de los países en vías de desarrollo. Además, las grandes hambrunas prácticamente han desaparecido: a pesar de que la población mundial se ha multiplicado por cuatro en los últimos 100 años, la cantidad de muertos por hambrunas es hoy 98% más baja que a principios del siglo XX.

Expectativa de vida

En la prehistoria, la esperanza de vida era de entre 20 y 30 años. Hacia principios del siglo XX, la situación no era muy distinta: a nivel mundial, la expectativa de vida era de 33 años. En todo el mundo, la población sufría de desnutrición crónica, la medicina era deficiente y las condiciones sanitarias dejaban mucho que desear, por lo que aquellos que no morían al nacer o en hambrunas perecían durante epidemias terribles. La Peste Negra de mediados del siglo XIV mató a más de un tercio de la población europea, y, de acuerdo a algunas estimaciones, la tuberculosis fue responsable de un cuarto de las muertes europeas en el siglo XIX.

Durante el siglo dieciocho, sin embargo, las cosas habían empezado a cambiar en las regiones ricas de Europa. Por un lado, se introdujeron mejoras en la higiene, como la separación de los suministros de agua de los desechos. Por el otro, los pensadores de la Ilustración alentaron el método experimental y la ciencia basada en evidencia, lo cual dio lugar a un incremento sustancial de la velocidad a la que se adquiría conocimiento y se desarrollaban soluciones médicas como las vacunas y la penicilina. Gracias a estos avances, y a las mejoras en materia alimentaria, la esperanza de vida creció a un ritmo sin precedentes: entre 1850 y 1950, pasó de 36,3 a 64,7 años en Europa Occidental. A mediados del siglo XX, otras regiones comenzaron a aprovechar las ideas y tecnologías que ya habían reducido la mortandad en Occidente, lo que posibilitó la extensión más rápida de la esperanza de vida de la historia de la Humanidad. Entre 1950 y 2015, esta pasó de 41,6 a 72 años en Asia, de 50 a 74 años en América Latina y de 35,6 a 60 años en África.

Pobreza

Aun a principios del siglo XIX, la humanidad era increíblemente pobre: en los países más ricos, entre 40% y 50% de la población vivía en un estado que hoy denominamos de ‘pobreza extrema’. Para peor, la tendencia parecía sugerir que esto seguiría siendo así durante mucho tiempo, en tanto el ingreso per cápita mundial creció apenas un 50% entre el año 1 y 1820.

Al igual que sucedió con la alimentación y la salud, el quiebre de tendencia se dio primero en Europa. En Inglaterra, la reducción en el control gubernamental de la economía y la creciente apertura a la experimentación y el desarrollo de nuevas tecnologías por parte de las élites propició un incremento notable de la productividad. Pronto, las ideas e instituciones gestadas en Inglaterra se difundieron a otros países y posibilitaron que estos también florecieran. Luego de miles de años de virtual estancamiento, Occidente creció a una tasa ligeramente superior al 1% per cápita entre 1820 y 1870, al 1,6% entre 1870 y 1913 y a una tasa aún mayor luego de la Segunda Guerra Mundial. A medida que la riqueza generada crecía, la pobreza caía. Por ello, hacia la década de 1950 se completaba el primer Gran Ascenso desde la pobreza y la privación humana, con la erradicación de la pobreza extrema en Europa Occidental.

Esa misma década también iniciaba el segundo Gran Ascenso, cuando varios países del este asiático comenzaron a integrarse a la economía global mediante una especialización en productos trabajo-intensivos que eventualmente los llevaría a producir bienes y servicios intensivos en tecnología y conocimiento. Desde entonces, China, India y más recientemente algunos países africanos han empezado a seguir los pasos de los tigres asiáticos. La creciente integración económica ha rendido enormes frutos, y continuará haciéndolo. La fracción de la población mundial que es extremadamente pobre ha caído desde el 44% en 1981 al 9,6% en 2015. De continuar la tendencia actual, llegaría al 4,9% en 2030.

Violencia

El mundo de hoy es mucho menos violento que el de antaño. Entre los siglos XIII y XV, la tasa de homicidios de las regiones más avanzadas de Europa fue de alrededor de 40 víctimas por cada 100.000 habitantes. En la actualidad, la tasa de homicidios europea no llega a 3, y a nivel global es de 6,2. La tortura, el sacrificio humano y las violaciones, moneda corriente en muchas de las grandes civilizaciones de la pre-modernidad, son hoy consideradas intolerables, y la frecuencia con la que se cometen este tipo de actos ha caído considerablemente. Asimismo, la probabilidad de que dos naciones entren en guerra es cada vez menor.

Los niveles de violencia se han reducido por varias razones. Con la aparición del individualismo moral, las personas comenzaron a ser consideradas responsables de sus delitos; y la institución de sistemas de justicia centralizados hizo que ya no fuera necesario que cada individuo se forjara una reputación de violento para disuadir ataques contra sí mismo o contra su familia. A estos factores se suman el aumento de la esperanza de vida y la reducción del tamaño de las familias, que contribuyeron a que se valorara más cada vida humana; y la profundización de los vínculos comerciales internacionales, que al aumentar la interdependencia económica redujo el atractivo de iniciar conflictos armados con otras naciones.

Medio ambiente

El desarrollo económico no es gratuito en términos ambientales. Las emisiones asociadas al incremento de la producción han contaminado el aire, los ríos, los lagos y nuestros pulmones. La expansión de la agricultura y el uso de fertilizantes crearon zonas muertas en lagos y océanos; y la quema de combustibles fósiles contribuye al calentamiento global.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la cuestión ambiental comenzó a formar parte de la agenda pública en los países ricos. Por ese entonces, las perspectivas eran terribles. En base a proyecciones de las tendencias históricas, se pronosticaban grandes desastres ecológicos como la desaparición de los bosques y la extinción de la mayor parte de las especies animales. Aunque aún tenemos problemas ambientales enormes, estos desastres no se han materializado. De hecho, durante las últimas décadas los países desarrollados han comenzado a revertir el daño realizado previamente. En estos, las emisiones totales de los principales contaminantes del aire han caído enormemente, se han recuperado ríos y lagos altamente contaminados y el área forestal ha crecido de forma sostenida. A nivel mundial, la cantidad de petróleo derramado en los océanos se redujo un 99% entre 1970 y 2014; y el porcentaje de la superficie terrestre alcanzado por áreas protegidas pasó del 8,5% al 14,3% entre 1990 y 2013. Estas mejoras no se han dado por casualidad. Al aumentar la riqueza y decaer la intensidad con la que se manifestaban problemas más urgentes como el hambre o la enfermedad, la población empezó a preocuparse por el ambiente y a actuar en consecuencia. Junto a esto, el progreso tecnológico ha permitido reducir el impacto medioambiental de la producción y el transporte.

Al mismo tiempo, es cierto que en muchos países de ingresos bajos y medios la situación ambiental ha empeorado, y es de esperar que la cuestión ambiental siga sin ser una de sus principales prioridades mientras deban lidiar con problemas más urgentes. Por ello resulta afortunado que hoy en día los países pobres tengan la posibilidad de aprender de los errores cometidos por los países ricos y puedan utilizar las tecnologías verdes que estos han desarrollado. Gracias a esto, los daños ambientales pueden ser reparados en etapas del desarrollo cada vez más tempranas.

Libertad e Igualdad

La lucha por la división de los poderes del Estado y el sometimiento de los gobernantes a las leyes y la voluntad popular ha sido larga y tortuosa. A pesar de que la Revolución Gloriosa de Inglaterra en 1688 y la independencia de Estados Unidos en 1766 instauraron gobiernos limitados por los derechos individuales y el control parlamentario, hacia 1900 aún no había democracias reales, en las que todos los hombres y mujeres pudieran votar. Durante el siglo XX, sin embargo, el proceso de emancipación se aceleró. En poco más de un siglo, 99 países adoptaron gobiernos democráticos, y el 52% de la población mundial ha pasado a vivir en democracias electorales, aunque no siempre liberales.

La difusión de la democracia es uno de los logros más significativos de nuestra época, pero nada garantiza que en los países democráticos todas las personas tengan los mismos derechos. En países en los que la población tiene opiniones iliberales, los gobiernos democráticos pueden ser tan opresores como los autocráticos. Pese a esto, la democracia ha tendido a desarrollarse al unísono con el respeto por los derechos individuales. Este proceso ha sido largo y complejo, pero tres ejemplos pueden ayudarnos a ilustrarlo. Entre 1950 y 2003, el porcentaje de estados del mundo en los que regían políticas de discriminación económica contra al menos un grupo étnico cayó del 32% al 14%. Las mujeres, que en el 1900 solo podían votar en Nueva Zelanda, solo se encuentran excluidas del proceso electoral en el Vaticano y Arabia Saudita; y, en el mismo período, las relaciones homosexuales han pasado de estar prohibidas en casi todas partes a ser en legales en alrededor de 113 países. Debido a que las fuerzas que han contribuido a que la Humanidad se hiciera más tolerante – como el aumento de la riqueza, la urbanización, la educación y la mayor visibilidad – continúan operando, es esperable que los colectivos oprimidos sigan conquistando derechos en los años por venir.

Trabajo Infantil

Se suele creer que el trabajo infantil surgió con la Revolución Industrial, pero esto no es así. Por el contrario, fue en la Europa industrializada del siglo XIX que la crítica generalizada al trabajo infantil apareció por primera vez. Hasta ese entonces, éste era visto como algo natural en todas las sociedades. Dado que las familias no podían sobrevivir sin que los niños trabajaran, estos debían ayudar a sus padres. Con frecuencia, las tareas que realizaban impedían su desarrollo intelectual o los alejaban de sus familias por períodos prolongados.

Con la industrialización, los salarios comenzaron a crecer, y los padres dejaron de depender tanto del trabajo de sus hijos. Además, la mecanización de los trabajos industriales aumentó la demanda de adultos calificados y redujo la demanda de trabajo infantil. Debido a estos cambios, pasó a ser redituable que los niños estudiaran en lugar de trabajar; y, junto a ello, se comenzó a pensar al trabajo infantil como un problema. Entre 1851 y 1911, el porcentaje de niños ingleses y galeses de entre 10 y 14 años que trabajaban regularmente bajó del 28% al 14%. Poco después, el trabajo infantil desaparecería por completo en estos países.

A medida que los países en desarrollo se incorporan a las redes del comercio global, este proceso se repite alrededor del mundo. Entre 1950 y 1995, la prevalencia del trabajo infantil para la población de 10 a 14 años cayó del 27,6% al 13%. Para los niños de entre 5 y 17 años, la prevalencia del trabajo infantil bajó del 16% al 10,6% entre el 2000 y 2012.

Alfabetización

La capacidad de leer y escribir es una de las habilidades más importantes. Nos permite incorporar otras habilidades, entrar en contacto con las ideas de los demás y ser ciudadanos activos e informados. De acuerdo a la evidencia disponible, reduce la pobreza y tiene una fuerte influencia sobre la salud.

Hace 200 años, solo sabía leer y escribir el 12% de la población mundial. En 1940, el 40%, y en 2010 el 83%. El progreso ha sido notable, y el futuro luce mejor, ya que la mayor parte de las personas no alfabetizadas es adulta: entre los jóvenes, la tasa de alfabetización es del 91%.

En el norte de Europa y América del Norte, la alfabetización tendió a preceder a los sistemas escolares estatales. En el resto del mundo, está ligada al crecimiento de los niveles de escolaridad formal. En 1900, el porcentaje de la población mundial que había recibido una educación básica era del 33%. Entre 1980 y 2010, pasó del 63% al 81%. Tan pronto como los ingresos económicos aumentan, los estados comienzan a ampliar la oferta educativa y los padres sacan a los niños del trabajo para mandarlos a la escuela.

¿Qué nos depara el futuro?

De acuerdo a Norberg, no hay que dar por sentado el progreso. Existen fuerzas a las que el cambio les aterra o les resulta inconveniente, y que por ello ponen en riesgo la continuidad de las libertades individuales, la globalización y el progreso científico-tecnológico, que son los pilares del desarrollo. Dictaduras alrededor del mundo buscan evitar que sus poblaciones accedan a la educación y coartan los derechos individuales. Populistas de derecha e izquierda explotan nuestro miedo y nuestros instintos tribales para llegar al poder, prometiéndonos volver a “tiempos mejores” mediante la aplicación de políticas como el bloqueo de las importaciones o la expulsión de los inmigrantes. A veces, sus esfuerzos son exitosos.

A pesar de esto, Norberg y yo somos optimistas. Vivimos en un mundo en el que las ideas, la tecnología y el capital pueden moverse rápidamente de un lugar a otro, y en el que el número de países abiertos a innovaciones extranjeras es cada vez mayor. Las fuerzas retrogradas podrán obstruir el avance en contextos puntuales, pero difícilmente logren detener la marcha del progreso a nivel global.